6.4.07

El perfil de la cómplice


Cuenta el diccionario que “perfil” en su primera acepción es un “adorno sutil y delicado” y en la segunda que se trata de un “trazo fino y delicado”, la tercera habla de una “postura en que no se deja ver sino una de las dos mitades laterales del cuerpo”, la cuarta indica que tiene que ver con un” aspecto peculiar o llamativo con que una cosa se presenta ante la vista o la mente”, creo que es la quinta la que ser refiere a lo que Edgardo quería que escribiese en este espacio, “conjunto de cualidades o rasgos personales más significativos y caracterizadores del individuo”, pero los significados siguen en la página de nuestro diccionario y ya no estoy tan segura de qué tenía que contarles yo... No se preocupen no voy a buscar “cómplice” porque creo que estaríamos en las mismas y al final ni ustedes ni yo sabríamos quien soy. Les anticipo que en esa búsqueda (no a través del diccionario, sino de la vida) ando todavía, intentando encontrar no sé si la que soy, pero sí sé que la quiero llegar a ser...
Por ahora les puedo anticipar que me llamo Sara Plaza y que nací un 4 de junio de 1972 en un lugar cuyo nombre, como buena madrileña, siempre pronuncio mal: pongamos que hablo de Madrid. Soy de un pueblo chiquito entre las montañas de la que llaman sierra pobre de la provincia, Bustarviejo. Allí trascurrieron mis primeros veinte años, y allí me nacieron pájaros en la cabeza y alas en los pies. No es broma, quería ser piloto de aviones, pero resultó que era miope así es que a medida que aumentaban mis dioptrías descendían mis horas de vuelo (en cabina, porque afortunadamente he podido subirme a ellos y viajar a distintos lugares). Entonces decidí estudiar Física y como astronauta tampoco iba a poder ser lo intenté con las energías renovables y escogí la solar. Pero seguía sin alcanzar las estrellas aunque a veces estuve cerquita gracias a las becas que conseguí y que, como si de alfombras mágicas se tratase, me llevaron por los cielos de otras ciudades y otros pueblos, de otras montañas y otros valles, y crucé algunos mares y hasta un océano.
Y de tanto estar en las nubes, y errado mi andar por el camino de las ciencias puras, recalé en la orilla de las humanísticas y terminé estudiando para ser maestra, y lo curioso es que lo hice en inglés y que finalicé mis estudios en una facultad argentina. No, no me pregunten, ni se pregunten por qué, son muchas las incógnitas de esta mestiza por elección que, después de muchos tropiezos y con un puñado de cicatrices algo más profundas que las que nos quedan en la piel cuando nos caemos de chicos, se cargó una vez más la mochila al hombro y escogió cruzar un océano para soñar a lo largo y ancho del continente sudamericano, andar sus caminos y encontrar el suyo propio.
Y aquí llegué y aquí me quedé, sin raíces pero creciendo y floreciendo cada día, porque pareciera que la primavera se hubiese instalado en mi corazón y en la sonrisa que baila en mi boca con cada uno de sus latidos. Un día confié y otro día lo intenté. El siguiente me encontró abriendo los ojos frente al lugar que durante tantos años había intentado alcanzar. Buscando mi sitio hallé esta esquinita del mundo donde me di de bruces con el proyecto de mí misma. Lectora, viajera y enamorada, dicen los que conocen los síntomas, que tales ciudadanos somos molestos porque no se tiene control sobre nosotros y tenemos que ser llamados al orden. De la mano de Edgardo, con un libro en la otra, aroma a tomillo en los pies, y el gusto del mate amargo en las entrañas, cada día estoy más convencida de que vivir vale la pena, y de que efectivamente, la realidad no es así, está así, por lo tanto seguiré con mi oficio y sus gajes: caminar, tropezar, levantarme, soñar, intentar, amar, contar, leer, escribir, preguntar, escuchar... Aprender y nunca, nunca olvidar que me queda todo por hacer.